Un ciego Comandante... Quifeathor.
IX… Máscaras rotas.
No fui más que una miserable marioneta.
Mi Señor Rey me había dicho, durante esas semanas, que el que robó nuestro Emblema era un simple ladrón de ciudad apoyado por un sirviente del Senado del país vecino. Jamás oí nada de esa elfa, jamás oí nada de esa niña, ni mucho menos de la princesa y la Comandante.
Cuando encontré por fin al traidor, tenía sometidos a tres de los mejores espadachines que he visto y a su orejuda compañera. Algo no estaba bien, él era bueno con las hojas… pero no tanto.
Sin embargo, mi lealtad al Rey me tenía ciego. Ahora sé que hay casos en que hay que cuestionarlo todo… incluso a aquellos que más amamos. Él era mi Rey, serví a su causa durante décadas… pero su causa no era más que una pantalla maliciosa para su verdadera meta. El ladrón me lo dijo en la cubierta de mi Destructor Real y no le creí… aún estaba ciego.
La mañana en la que el traidor entró por esa puerta que daba a mi prisión y se burló de mi imbecilidad, sentí asco de mí mismo y de mi rango de Comandante en Jefe. Apoyé al verdadero enemigo de todos confiando en que era nuestro salvador, mi Rey… y traté de matar al enemigo de todos sin saber que sería él quien peleaba por nuestra libertad, aquel ladrón. Debí haberlo supuesto cuando descubrí que la familia real púrpura le respaldaba. Hubo un regicidio, decenas de asesinatos, un parricidio y también un feroz genocidio… todo sobre mi nariz y nunca los vi.
…la muerte es el castigo más simple que imagino para mi error. ¡El problema es quién! Jamás pensé que moriría en sus manos. Maldito seas, traidor… y vagaré por este mundo podrido hasta el día en que aquel ladrón al que perseguí injustamente acabe con tu vida y la de tu padre, mi Rey… y reiré.

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