domingo, 1 de julio de 2007

Luz del bosque... sombra del valle.

El valle siempre ha sido igual de calmo. El viento, al menos en esta época, es suave y agradable y su silbido hace juego eterno con la armoniosa melodía del río. En otros tiempos del año las flores se esconden de las nubes y los relámpagos, pero en primavera danzan y se agitan sin cesar, mostrando así lo viva que está aún nuestra madre.
Son esas mismas flores las que me mostraron un día la perfección de la creación. Yo galopaba tranquilamente por entre los árboles del bosque cuando noté un extraño detalle en nuestra bella y colorida alfombra. Todas las flores eran blancas o amarillas, apareciendo de vez en cuando alguna tímida azulada, pero jamás había sido testigo de un camino de rojos pétalos que dividía el valle.
Salí del bosque a paso cauto y mis cuatro patas quedaron rígidas por la maravillosa visión que se me regaló. Un fantasma… por mis ojos y en la lejanía cruzó un blanco fantasma al galope y su femenino relinchar me hipnotizó fugazmente. Pero, ¿dónde estaba ahora? Ya había desaparecido y me dejó con esa sensación de incertidumbre.
¡El camino de flores rojas! Ella lo seguía, y yo lo seguiría. ¡Sí! ¡Así la encontraría!
Galopé a contraviento algunos minutos, ignorando las voces de mis amigos que me llamaban al pasar por el valle. Para mí ahora sólo existía esa senda de sangre, la cual pronto me condujo hacia el bosque del otro lado y se internó en él.
Nosotros teníamos prohibido el ingreso a ese bosque. Mi padre siempre me dijo que las criaturas que moraban entre ese follaje eran peligrosas y nada de lo que entraba lograba salir… pero no me importó. Recuerdo con nostalgia a muchos que se han perdido entre esos firmes troncos y jamás se les ha vuelto a ver… pero no me importó.
Seguí mi carmesí ruta y pronto descubrí que se hacía más y más estrecha, volviéndose pronto un hilo de pétalos que destacaba en el suelo como un hilo.
Nada vi. No había ardillas ni liebres, ni la más solitaria abeja se hizo presente.
Siempre he sido temeroso, pero ese ambiente me daba una tremenda calidez y esa imagen fantasmal en mi mente una seguridad indescriptible. Caminé y caminé, esquivando árboles y plantas de todo tipo que en mi vida había visto… hasta que la encontré.
El hilo terminaba en una cristalina laguna y, posada sobre la última de las flores y con el cuello gacho para beber, estaba ella prácticamente esperándome. Se incorporó con su mirada divina y generosamente me regaló su dulzura. Me acerqué sin miedo, pero nervioso como una rama al viento.
Su pureza, claramente reflejada en su blanco pelaje, se acercó a mí y nos encontramos a medio recorrido. El contraste de sus cabellos con mis oscuros tonos era perfecto, y nuestras siluetas se hicieron una cuando frotó su cuello contra el mío. ¡Cuanta seguridad! ¡Cuanta calidez! Todo lo vivido antes de eso parecía una farsa… ya que en ese instante encontré la verdadera vida.
Tenía mis ojos cerrados para disfrutar el momento y, cuando los abrí, descubrí decenas de iguales a ella. Me estremecí un poco y estuve a punto de retroceder algunos pasos, pero su cuello se posó en mi negra espalda, dándome tranquilidad… y me mantuve tranquilo.
No sé cuántos años más estaré en este mundo pero, los que sean, sé que nunca podré describir lo que ese día sucedió.
Los machos y hembras que nos rodeaban eran de todos colores… blancos, negros, marrones… incluso algunos azulados. Y todos formaron un círculo a nuestro alrededor, desplegando gigantescas alas que nacieron de sus lomos.
Ella me liberó inmediatamente y me miró fijo, acercando segundo a segundo su rostro al mío. Pronto su respiración y aliento se fundieron con los míos… nos besamos, y ella extendió también sus emplumadas alas blancas.
No recuerdo más de esa tarde, pero jamás volví al valle, haciendo de la laguna cristalina mi nuevo y permanente hogar.
Y ahora tengo enormes alas… ella me las dio.

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