La orgullosa libertad de un ladrón... Cleymuss.
X… Alas plegadas.
¿Cuándo dejé de cumplir las reglas? Ya no lo recuerdo… es tanto el tiempo. Mi memoria me muestra imágenes de mi niñez, imágenes donde mi madre intentaba ganarse la vida dentro de los márgenes de la ley… nunca resultó. Pronto comenzó a robar para alimentarme. Aprendió de una mujer, aunque no me acuerdo de nada de ella. Sólo sé que la atraparon un día y volví a quedar solo con mi madre, pero ahora ella sabía moverse en las calles y, obviamente, no tardó en enseñarme.
Recuerdo que teníamos sólo dos cosas que nunca abandonamos, su daga y mi Espada. Con ellas me enseñó a esgrimir, me enseñó a defenderme y a pararme en el mundo, me enseñó valores como el honor y la lealtad… ella me lo enseñó todo.
Cuando mi madre me dejó, viví con mi tío y él me dio educación, pero no tardó en dejarme también.
A los doce años quedé sólo en el mundo, y no necesitaba a nadie… o al menos eso creía.
Viví de las calles, por las calles y para las calles. Era un ladrón de mercado, y un actor callejero.
También recuerdo la cantidad de veces que me escapé de la Guardia Civil, volviéndome pronto el más buscado en la cuidad.
Mi vida era divertida, a pesar del gran vacío que nunca abandonó mi estómago. Iba a donde quería y hacía lo que quería. Estaba al margen de la ley y mis únicas reglas eran las de moral y ética que mi madre me había inculcado.
No tenía nada que envidiarle a los gorriones que sobrevolaban la cuidad… yo era libre.
Pero todo es un ciclo, y todo ciclo termina por eventualidad o decisión. El mío terminó por ambas.
Cuando vi amenazados los principios que nuestro Rey siempre nos había transmitido, no dudé ni por un segundo en cambiar mi segura estática como simple ladrón por una insegura condición de “traidor”, rompiendo las barreras de “el más buscado de la cuidad” para pasar a ser el más buscado en todo el mundo.
Si no lo hubiera hecho, mi pueblo habría sufrido, mi gente habría muerto y mis tierras se habrían podrido… aunque, la verdad, yo sólo conocía a mi mejor amigo y a la directora del orfanato.
Dejé todo ese día, pero no puedo arrepentirme. Una de las últimas cosas que recuerdo me dijera mi madre era que los guardianes perdían el honor. Ella, a pesar de sus implacables principios, era mi guardiana… y perdió el honor al volverse una ladrona para alimentarme. Si no hubiera hecho lo que hice, jamás me lo habría perdonado a mí mismo. Sabía que sería recordado por los siglos de los siglos como el más cerdo de los traidores y, cuando la historia hablase de mí, sería únicamente para escupir mi recuerdo… pero sentía que era el único en toda la cuidad que podía asegurar los Emblemas y, a pesar de saber que se me llamaría traidor, solamente yo podía se el guardián en ese momento… y perdí mi honor, mas logré mi objetivo y mi gente sigue con vida.
Ahora que estoy maniatado y camino con tres puntas de firmes hojas entre mis costillas hacia el palacio de mi enemigo, sé que moriré. El problema no es la muerte, jamás le temí, el problema es la forma. Me puede arrollar una carreta y no me sentiría mal, me podrían clavar una espada y no me sentiría mal, me puede caer un muro encima y mi temple se seguiría sintiendo bien… pero, de todas las formas de muerte que se me ocurren, jamás pensé que moriría atado de manos.
Se puede dar muerte a un ave a pleno vuelo y se le llama cacería, la misma ave puede ser aplastada por una rama y simplemente es eventualidad… pero matar un ave que está atada de alas es la cosa más inhumana que puede ocurrírseme.
Y, a pesar de morir privado de libertad, lo que más me duele es no poder decirle a ella lo que despertó en mi pecho esa tarde… ¡me odio por eso!
Te amo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario