Soñando dentro de un sueño.
Con lo ojos a medio cerrar y un frío que penetraba en mis poros y entumía mis huesos, vi una batalla sanguinaria de fuego y metal. Flechas que cubrían el cielo y caían como halcones sobre tantos padres de familia… hojas asesinas resplandeciendo antes de hundirse en carne y en gritos… bestias que galopaban con sus jinetes, sin saber la rezón de tal estupidez.
Caminaba con una taza de café en mi derecha y un cigarrillo en mi izquierda, esquivando o simplemente traspasando como un fantasma, a plena luz del día, a las miles y miles de personas que vivían para morir y morían para vivir. Miraba por entre sus ojos y sentía su dolor, su ira y su terror. Ellos expiraban uno a uno en esta frenética campaña mortal, mientras yo moría una y otra vez con cada defunción… mas no sufría.
Cuando mi taza quedó vacía y mi cigarrillo fue llevado por el viento, me aburrí de las posas de sangre y quise despertar.
Abriendo lo ojos lentamente ante el único rayo de luz que se filtraba entre el follaje, recordé bruscamente que mi cuerpo descansaba sobre las ramas de un árbol. El susto instantáneo me forzó a una rápida reacción para sostenerme de la madera, dejando caer de mis manos los papeles y la pluma que cubrían mi cuerpo. Atrapé las hojas con cierta dificultad, pero mi pluma emprendió una suave caída por entre el rocío, yendo a dar a una mano amiga.
La chica, mirándome con sus verdes y esperanzadores ojos, estiró su mano para entregarme mi principal y más letal arma tras una sonrisa cautivante. Estaba desnuda y montada sobre un cornudo caballo azul, al cual le rodeaban cientos más de su especie.
Acepté mi pluma con un ademán de profundo agradecimiento y bandadas de todo tipo de aves aparecieron de la nada para hacer de mi árbol su morada, destacándose un negro y brillante cuervo que se posó en mi pecho para hablarme… “En nombre de Gaia, te doy la bienvenida al ocaso.” El oscuro pájaro levantó el vuelo y la chica saltó ágilmente de su unicornio para sentarse a mi lado. Me miró de una manera indescriptible, dejando ver tantos sentimientos en sus ojos que no pude descifrarlos, pero uno destacó del resto… la pena ajena. Quedando perfectamente anclada a mi cuerpo y cubriéndome con sus largos y rizados cabellos anaranjados, acercó sus labios a mi oído para hablarme en un susurro… “Ya despierta, mi muchacho… que debes volver a dormir.”
Tal mundo desapareció en un santiamén y nuevamente abrí los ojos. Estaba tendido sobre mi cama, con una mano en el corazón y la otra en mi abdomen… el cual crujía del dolor. Me levanté con cierta calma, sin dar gran importancia a los sueños que me perseguían. Abrí mi ventana para respirar aire puro y retomé en mi mente las sanguinarias visiones de la realidad que me atormentaban… y descubrí que mis sueños habían sido remplazados por mi pesadilla, pero ahora el día debía continuar.
…fui por un café.
