sábado, 21 de julio de 2007

Soñando dentro de un sueño.

Con lo ojos a medio cerrar y un frío que penetraba en mis poros y entumía mis huesos, vi una batalla sanguinaria de fuego y metal. Flechas que cubrían el cielo y caían como halcones sobre tantos padres de familia… hojas asesinas resplandeciendo antes de hundirse en carne y en gritos… bestias que galopaban con sus jinetes, sin saber la rezón de tal estupidez.
Caminaba con una taza de café en mi derecha y un cigarrillo en mi izquierda, esquivando o simplemente traspasando como un fantasma, a plena luz del día, a las miles y miles de personas que vivían para morir y morían para vivir. Miraba por entre sus ojos y sentía su dolor, su ira y su terror. Ellos expiraban uno a uno en esta frenética campaña mortal, mientras yo moría una y otra vez con cada defunción… mas no sufría.
Cuando mi taza quedó vacía y mi cigarrillo fue llevado por el viento, me aburrí de las posas de sangre y quise despertar.
Abriendo lo ojos lentamente ante el único rayo de luz que se filtraba entre el follaje, recordé bruscamente que mi cuerpo descansaba sobre las ramas de un árbol. El susto instantáneo me forzó a una rápida reacción para sostenerme de la madera, dejando caer de mis manos los papeles y la pluma que cubrían mi cuerpo. Atrapé las hojas con cierta dificultad, pero mi pluma emprendió una suave caída por entre el rocío, yendo a dar a una mano amiga.
La chica, mirándome con sus verdes y esperanzadores ojos, estiró su mano para entregarme mi principal y más letal arma tras una sonrisa cautivante. Estaba desnuda y montada sobre un cornudo caballo azul, al cual le rodeaban cientos más de su especie.
Acepté mi pluma con un ademán de profundo agradecimiento y bandadas de todo tipo de aves aparecieron de la nada para hacer de mi árbol su morada, destacándose un negro y brillante cuervo que se posó en mi pecho para hablarme… “En nombre de Gaia, te doy la bienvenida al ocaso.” El oscuro pájaro levantó el vuelo y la chica saltó ágilmente de su unicornio para sentarse a mi lado. Me miró de una manera indescriptible, dejando ver tantos sentimientos en sus ojos que no pude descifrarlos, pero uno destacó del resto… la pena ajena. Quedando perfectamente anclada a mi cuerpo y cubriéndome con sus largos y rizados cabellos anaranjados, acercó sus labios a mi oído para hablarme en un susurro… “Ya despierta, mi muchacho… que debes volver a dormir.”
Tal mundo desapareció en un santiamén y nuevamente abrí los ojos. Estaba tendido sobre mi cama, con una mano en el corazón y la otra en mi abdomen… el cual crujía del dolor. Me levanté con cierta calma, sin dar gran importancia a los sueños que me perseguían. Abrí mi ventana para respirar aire puro y retomé en mi mente las sanguinarias visiones de la realidad que me atormentaban… y descubrí que mis sueños habían sido remplazados por mi pesadilla, pero ahora el día debía continuar.
…fui por un café.

jueves, 12 de julio de 2007

La última voluntad de un sabio. Bérliod.

XI… Almas en pena.



…¡cuanta impotencia siento!
Sentado en el balcón de mi palacio, junto a mi peor enemigo, y viendo cómo se decapita al único grupo de jóvenes que me ha demostrado fidelidad… ¡y no puedo hacer nada! La incómoda corona que llevo sobre mi cabeza parece una débil fachada de inexistente poder.
“Jóvenes”… sí, jóvenes. Los tres bordean los veinte años y han dado más por su patria que este viejo Rey de setenta, y pagaran con sangre su correcta conducta. No soy digno de llamarme Rey. No soportaría que los historiadores pusieran el título de realeza al lado de mi nombre cuando se escriba sobre este atardecer… este funesto atardecer.
Ya nada queda por perder. Hemos perdido el honor en nuestra búsqueda por salvaguardar la paz de los ignorantes, mi país pronto perderá a tres de sus más fieles guerreros, mi hija perderá a sus tres protectores, mi sobrina perderá al único que ha llamado la atención de su corazón, yo perderé en algunos días tanto a mi hija como a mi sobrina… los dos seres que más amo en este mundo de hienas.
Al ver el espíritu de mi muchacha destrozado sobre el escenario, llorando un mar de lágrimas frías, he perdido también la esperanza y mi fe.
Ya nada queda.
Mi propia vida tiene poco valor ante el resto de mis tesoros… y siento que queda poco.
…¡voy tras de ti, maldito colega!

miércoles, 11 de julio de 2007

Luces en el cielo.

Todo es calma a mi alrededor. Los niños juegan con los niños, los hombres compiten con los hombres, las mujeres fingen sonrisas a las mujeres y los viejos aguardan junto a los viejos. Por el claro cielo las aves planean ante la brisa y recorren libremente el mundo, mientras que por la hierba los perros se revuelcan agitando su cola de felicidad.
El hoy no es muy diferente al ayer, pero la mujer que tomó mi mano para unirse a mi visión sabía que el mañana no sería ni la sombra de este común día.
Juntos quedamos de pie por horas, sintiendo cada sensación posible y atesorándola como lo más preciado de nuestras existencias. Nuestras manos, cansadas de cavar y heridas por el paso del tiempo, se frotaban entre ellas, recordando el tanto tiempo que se esperaron y se extrañaron. Nuestros ojos, que jamás se encontraron, estaban clavados en la enormidad del cielo, viendo pasar las nubes a velocidades impresionantes y al Sol partiendo el cielo en menos de un minuto.
La noche caía y las estrellas ahora nos saludaban con picardía, brillando como jamás les vi hacerlo.
Nuestros sentidos seguían siendo uno. La energía de ella se filtraba en mi aura como si siempre hubiese sido su morada, y mi energía se refugiaba en la suya, sintiendo por fin que regresaba al hogar del cual se le desterró hace tanto.
Las risas como música ambiental, el tránsito acompañándoles y una bulliciosa cuidad que levantaba una orquesta en honor a la vida.
Cayó la madrugada y el silencio vino con ella, haciendo prueba a nuestra paciencia y relajación. Pronto las estrellas se apagaron una a una y el Sol sacó un ojo entre dos montañas rebosantes de nieve. El Astro Rey nos saludó con un ademán de cálidos rayos que cubrieron nuestros cuerpos e inició su cotidiano recorrido de Este a Oeste.
Las personas salieron de sus muros nuevamente, armados con maletines y bolsos de todo tipo. Algunos acompañados, otros en multitud… muchos solos. Como hormigas que cargan sus futuros entre sus manos, pero ignorantes del mismo futuro.
Nosotros lo sabíamos… ya no había razón para caminar ni cargar.
Su mano se presionó fuertemente contra la mía, traspasándome su ruego por voluntad al cual respondí con una caricia. Supimos que el Sol no nos volvería a saludar desde que nos paramos a sentir nuestro mundo, pero la calma y seguridad que nos brindábamos nos hacía sonreír como un par de recién nacidos. Aún no quitábamos los ojos del cielo.
Por entre las nubes, cual ejército potenciado por la ira, se sumaron al firmamento cientos de miles de luces incandescentes. Se nos acercaban imponentes y crecían segundo a segundo, anunciando los cientos de años que viajaron para entregarnos un duro mensaje… el más duro de todos los mensajes.
Pronto los enviados fueron legión, forzando el pavor y la histeria en todo el mundo. La calma se hizo caos, las risas llantos y la tranquilidad desesperación.
Las aves huyeron, los animales se refugiaron sin sentido y los árboles se agitaron en sus puestos para dar ambientación a tal catástrofe.
Nosotros seguíamos mirando al cielo con una sonrisa, pero supimos que ya era el momento. Bajamos lentamente nuestras cabezas y nos enfocamos el uno en el otro. Sus azules ojos brillaban como la más bella de las gemas y penetraron en mi espíritu, así como una lanza ardiente.
Un estruendo destructor de tímpanos… gritos de desesperados hombres… un remesón cataclísmico… luz encandiladora… fuego… destrucción.
Ahora todo era calma eterna… nuestras manos aún estabas firmemente sujetas.

viernes, 6 de julio de 2007

La orgullosa libertad de un ladrón... Cleymuss.

X… Alas plegadas.



¿Cuándo dejé de cumplir las reglas? Ya no lo recuerdo… es tanto el tiempo. Mi memoria me muestra imágenes de mi niñez, imágenes donde mi madre intentaba ganarse la vida dentro de los márgenes de la ley… nunca resultó. Pronto comenzó a robar para alimentarme. Aprendió de una mujer, aunque no me acuerdo de nada de ella. Sólo sé que la atraparon un día y volví a quedar solo con mi madre, pero ahora ella sabía moverse en las calles y, obviamente, no tardó en enseñarme.
Recuerdo que teníamos sólo dos cosas que nunca abandonamos, su daga y mi Espada. Con ellas me enseñó a esgrimir, me enseñó a defenderme y a pararme en el mundo, me enseñó valores como el honor y la lealtad… ella me lo enseñó todo.
Cuando mi madre me dejó, viví con mi tío y él me dio educación, pero no tardó en dejarme también.
A los doce años quedé sólo en el mundo, y no necesitaba a nadie… o al menos eso creía.
Viví de las calles, por las calles y para las calles. Era un ladrón de mercado, y un actor callejero.
También recuerdo la cantidad de veces que me escapé de la Guardia Civil, volviéndome pronto el más buscado en la cuidad.
Mi vida era divertida, a pesar del gran vacío que nunca abandonó mi estómago. Iba a donde quería y hacía lo que quería. Estaba al margen de la ley y mis únicas reglas eran las de moral y ética que mi madre me había inculcado.
No tenía nada que envidiarle a los gorriones que sobrevolaban la cuidad… yo era libre.
Pero todo es un ciclo, y todo ciclo termina por eventualidad o decisión. El mío terminó por ambas.
Cuando vi amenazados los principios que nuestro Rey siempre nos había transmitido, no dudé ni por un segundo en cambiar mi segura estática como simple ladrón por una insegura condición de “traidor”, rompiendo las barreras de “el más buscado de la cuidad” para pasar a ser el más buscado en todo el mundo.
Si no lo hubiera hecho, mi pueblo habría sufrido, mi gente habría muerto y mis tierras se habrían podrido… aunque, la verdad, yo sólo conocía a mi mejor amigo y a la directora del orfanato.
Dejé todo ese día, pero no puedo arrepentirme. Una de las últimas cosas que recuerdo me dijera mi madre era que los guardianes perdían el honor. Ella, a pesar de sus implacables principios, era mi guardiana… y perdió el honor al volverse una ladrona para alimentarme. Si no hubiera hecho lo que hice, jamás me lo habría perdonado a mí mismo. Sabía que sería recordado por los siglos de los siglos como el más cerdo de los traidores y, cuando la historia hablase de mí, sería únicamente para escupir mi recuerdo… pero sentía que era el único en toda la cuidad que podía asegurar los Emblemas y, a pesar de saber que se me llamaría traidor, solamente yo podía se el guardián en ese momento… y perdí mi honor, mas logré mi objetivo y mi gente sigue con vida.
Ahora que estoy maniatado y camino con tres puntas de firmes hojas entre mis costillas hacia el palacio de mi enemigo, sé que moriré. El problema no es la muerte, jamás le temí, el problema es la forma. Me puede arrollar una carreta y no me sentiría mal, me podrían clavar una espada y no me sentiría mal, me puede caer un muro encima y mi temple se seguiría sintiendo bien… pero, de todas las formas de muerte que se me ocurren, jamás pensé que moriría atado de manos.
Se puede dar muerte a un ave a pleno vuelo y se le llama cacería, la misma ave puede ser aplastada por una rama y simplemente es eventualidad… pero matar un ave que está atada de alas es la cosa más inhumana que puede ocurrírseme.
Y, a pesar de morir privado de libertad, lo que más me duele es no poder decirle a ella lo que despertó en mi pecho esa tarde… ¡me odio por eso!
Te amo.

jueves, 5 de julio de 2007

Dura lección.

Ante la inmensidad del frío y sobre la quemante placa de hielo, un rubio hombre de cabellos largos y ondulados le quitaba la piel a su presa, una pequeña foca blanca ya muerta.
Desde atrás, en la distancia, el único humano cercano a millas se le acercaba a paso firme y orgulloso. El alto sujeto, ya percibido por el primero, detuvo su marcha a cinco metros del rubio y le miro por un minuto antes de hablar.
- Levántate, Hyoga. – Ordenó.
- Sí, maestro. – Acató rápidamente el muchacho, dejando su almuerzo para otro momento.
- Dime, muchacho… quiero que me digas, una vez más, por qué quieres concluir este entrenamiento y para qué lo iniciaste.
- Pues, como le dije hace cuatro años cuando llegué a la región, fui enviado por el señor Mitsumast Za-Kido para volverme un caballero. Esa es la razón por la cual inicié el entrenamiento. – Respondió el chico. – Al principio no me agradó la idea pero, al ver en lo que me podría convertir si continuaba, decidí quedarme y dar todo de mí.
- ¿Y por qué? – Preguntó nuevamente.
- Por que, como le dije, hace trece años el barco de mi madre se hundió en estas aguas. – Le respondió el chico. – El día que vi cómo usted partió el casquete polar con sus manos, y la resistencia que demostró a todos sumergido en el frío mar del Norte, me dio la esperanza de volverme tan poderoso como usted y lograr llegar a la tumba de mi madre. Como ya debe estar enterado, las aguas aquí no son profundas. Sólo necesito el poder para penetrar el casquete y la resistencia para soportar el frío. Eso me lo dará el entrenamiento. Es mi motivación, señor.
- Hyoga, - Habló el hombre, cerrando los ojos como si un gran pesar se posara en su corazón. - ¿ves ese oso que se alimenta de esa foca? – Señaló con el dedo.
- Sí, señor. – Afirmó el alumno.
- ¿Y por qué lo ves?
- ¿Señor? – Cuestionó al no entender la pregunta.
- En la sencillez está la claridad, Hyoga. Simplemente responde.
- Pues, porque tengo mis ojos y tanto el oso como la foca muerta están ahí en este momento, señor. – Respondió.
- No, Hyoga, no los ves porque tienes ojos. Ese oso y esa foca llevan ahí cinco minutos, pero recién ahora, que te alerte de sus presencias, lograste verlos. Y, a pesar de eso, siempre haz tenido ojos. – Rebatió el maestro. – Considerando mis últimas palabras, espero una nueva respuesta… ¿por qué los ves?
- Según lo que entiendo, señor, los veo porque tengo la habilidad natural de la percepción… porque tengo conciencia de lo que sucede a mi alrededor.
- Esa es la palabra, Hyoga… conciencia. – Confirmó el maestro. – Ahora te haré otra pregunta, y supongo que aún retienes todo lo conversado… ¿qué es la conciencia?
- Es la habilidad natural de percibir lo que nos rodea, señor. – Contestó con seguridad.
- Bien, Hyoga. – Felicitó. – Ahora te haré la última pregunta antes de concluir esta lección. Después de eso te dejaré alimentarte. ¿En cuántos planos se maneja la conciencia?
- Bueno… - Hyoga dudó claramente. Pensó durante algunos segundos, intentando encontrar una respuesta a tal pregunta que escapaba de todos sus conocimientos. – Me temo que no lo sé, señor.
- Claro que no lo sabes, ya que estás muerto, Hyoga.
- ¿Señor?
- La conciencia del hombre se maneja en tres planos, Hyoga, presente, pasado y futuro. – Comenzó a explicar el maestro. – Si no estás conciente de lo que te rodea y de lo que sucede a tu alrededor, estás ciego. Y si estás ciego de tu alrededor, sólo te espera muerte en el futuro. Hyoga, tu conciencia mora en el pasado, tu conciencia mora con tu madre y su tumba. Incluso si lograses tener poder para llegar a su tumba, eso sólo te pudrirá más, ya que verás en la muerte un logro. Está muerta y nada podrá cambiarlo, ya que es pasado. Y tú morirás en el futuro, Hyoga, ya que tu conciencia y tu atención no están a con tu alrededor, sino con tu pasado. Una persona que vive del pasado, es un muerto inconsciente en el presente. Una persona que vive en el futuro, es un muerto en el presente. Hyoga, viniste a este mundo frío para entrenarte y crecer, pero no le daré entrenamiento a un hombre que morirá, ya que no mal gasto mi preciado tiempo en plantar árboles que no darán frutos. Aprende a vivir en el presente, y recién encontrarás vida. Únicamente llegado ese momento te daré el año de entrenamiento que te resta. Búscame cuando estés listo para crecer, muchacho, o regresa a Grecia junto con tu pasado y tu pequeñez.

domingo, 1 de julio de 2007

Luz del bosque... sombra del valle.

El valle siempre ha sido igual de calmo. El viento, al menos en esta época, es suave y agradable y su silbido hace juego eterno con la armoniosa melodía del río. En otros tiempos del año las flores se esconden de las nubes y los relámpagos, pero en primavera danzan y se agitan sin cesar, mostrando así lo viva que está aún nuestra madre.
Son esas mismas flores las que me mostraron un día la perfección de la creación. Yo galopaba tranquilamente por entre los árboles del bosque cuando noté un extraño detalle en nuestra bella y colorida alfombra. Todas las flores eran blancas o amarillas, apareciendo de vez en cuando alguna tímida azulada, pero jamás había sido testigo de un camino de rojos pétalos que dividía el valle.
Salí del bosque a paso cauto y mis cuatro patas quedaron rígidas por la maravillosa visión que se me regaló. Un fantasma… por mis ojos y en la lejanía cruzó un blanco fantasma al galope y su femenino relinchar me hipnotizó fugazmente. Pero, ¿dónde estaba ahora? Ya había desaparecido y me dejó con esa sensación de incertidumbre.
¡El camino de flores rojas! Ella lo seguía, y yo lo seguiría. ¡Sí! ¡Así la encontraría!
Galopé a contraviento algunos minutos, ignorando las voces de mis amigos que me llamaban al pasar por el valle. Para mí ahora sólo existía esa senda de sangre, la cual pronto me condujo hacia el bosque del otro lado y se internó en él.
Nosotros teníamos prohibido el ingreso a ese bosque. Mi padre siempre me dijo que las criaturas que moraban entre ese follaje eran peligrosas y nada de lo que entraba lograba salir… pero no me importó. Recuerdo con nostalgia a muchos que se han perdido entre esos firmes troncos y jamás se les ha vuelto a ver… pero no me importó.
Seguí mi carmesí ruta y pronto descubrí que se hacía más y más estrecha, volviéndose pronto un hilo de pétalos que destacaba en el suelo como un hilo.
Nada vi. No había ardillas ni liebres, ni la más solitaria abeja se hizo presente.
Siempre he sido temeroso, pero ese ambiente me daba una tremenda calidez y esa imagen fantasmal en mi mente una seguridad indescriptible. Caminé y caminé, esquivando árboles y plantas de todo tipo que en mi vida había visto… hasta que la encontré.
El hilo terminaba en una cristalina laguna y, posada sobre la última de las flores y con el cuello gacho para beber, estaba ella prácticamente esperándome. Se incorporó con su mirada divina y generosamente me regaló su dulzura. Me acerqué sin miedo, pero nervioso como una rama al viento.
Su pureza, claramente reflejada en su blanco pelaje, se acercó a mí y nos encontramos a medio recorrido. El contraste de sus cabellos con mis oscuros tonos era perfecto, y nuestras siluetas se hicieron una cuando frotó su cuello contra el mío. ¡Cuanta seguridad! ¡Cuanta calidez! Todo lo vivido antes de eso parecía una farsa… ya que en ese instante encontré la verdadera vida.
Tenía mis ojos cerrados para disfrutar el momento y, cuando los abrí, descubrí decenas de iguales a ella. Me estremecí un poco y estuve a punto de retroceder algunos pasos, pero su cuello se posó en mi negra espalda, dándome tranquilidad… y me mantuve tranquilo.
No sé cuántos años más estaré en este mundo pero, los que sean, sé que nunca podré describir lo que ese día sucedió.
Los machos y hembras que nos rodeaban eran de todos colores… blancos, negros, marrones… incluso algunos azulados. Y todos formaron un círculo a nuestro alrededor, desplegando gigantescas alas que nacieron de sus lomos.
Ella me liberó inmediatamente y me miró fijo, acercando segundo a segundo su rostro al mío. Pronto su respiración y aliento se fundieron con los míos… nos besamos, y ella extendió también sus emplumadas alas blancas.
No recuerdo más de esa tarde, pero jamás volví al valle, haciendo de la laguna cristalina mi nuevo y permanente hogar.
Y ahora tengo enormes alas… ella me las dio.

Un ciego Comandante... Quifeathor.

IX… Máscaras rotas.



No fui más que una miserable marioneta.
Mi Señor Rey me había dicho, durante esas semanas, que el que robó nuestro Emblema era un simple ladrón de ciudad apoyado por un sirviente del Senado del país vecino. Jamás oí nada de esa elfa, jamás oí nada de esa niña, ni mucho menos de la princesa y la Comandante.
Cuando encontré por fin al traidor, tenía sometidos a tres de los mejores espadachines que he visto y a su orejuda compañera. Algo no estaba bien, él era bueno con las hojas… pero no tanto.
Sin embargo, mi lealtad al Rey me tenía ciego. Ahora sé que hay casos en que hay que cuestionarlo todo… incluso a aquellos que más amamos. Él era mi Rey, serví a su causa durante décadas… pero su causa no era más que una pantalla maliciosa para su verdadera meta. El ladrón me lo dijo en la cubierta de mi Destructor Real y no le creí… aún estaba ciego.
La mañana en la que el traidor entró por esa puerta que daba a mi prisión y se burló de mi imbecilidad, sentí asco de mí mismo y de mi rango de Comandante en Jefe. Apoyé al verdadero enemigo de todos confiando en que era nuestro salvador, mi Rey… y traté de matar al enemigo de todos sin saber que sería él quien peleaba por nuestra libertad, aquel ladrón. Debí haberlo supuesto cuando descubrí que la familia real púrpura le respaldaba. Hubo un regicidio, decenas de asesinatos, un parricidio y también un feroz genocidio… todo sobre mi nariz y nunca los vi.
…la muerte es el castigo más simple que imagino para mi error. ¡El problema es quién! Jamás pensé que moriría en sus manos. Maldito seas, traidor… y vagaré por este mundo podrido hasta el día en que aquel ladrón al que perseguí injustamente acabe con tu vida y la de tu padre, mi Rey… y reiré.