Dura lección.
Ante la inmensidad del frío y sobre la quemante placa de hielo, un rubio hombre de cabellos largos y ondulados le quitaba la piel a su presa, una pequeña foca blanca ya muerta.
Desde atrás, en la distancia, el único humano cercano a millas se le acercaba a paso firme y orgulloso. El alto sujeto, ya percibido por el primero, detuvo su marcha a cinco metros del rubio y le miro por un minuto antes de hablar.
- Levántate, Hyoga. – Ordenó.
- Sí, maestro. – Acató rápidamente el muchacho, dejando su almuerzo para otro momento.
- Dime, muchacho… quiero que me digas, una vez más, por qué quieres concluir este entrenamiento y para qué lo iniciaste.
- Pues, como le dije hace cuatro años cuando llegué a la región, fui enviado por el señor Mitsumast Za-Kido para volverme un caballero. Esa es la razón por la cual inicié el entrenamiento. – Respondió el chico. – Al principio no me agradó la idea pero, al ver en lo que me podría convertir si continuaba, decidí quedarme y dar todo de mí.
- ¿Y por qué? – Preguntó nuevamente.
- Por que, como le dije, hace trece años el barco de mi madre se hundió en estas aguas. – Le respondió el chico. – El día que vi cómo usted partió el casquete polar con sus manos, y la resistencia que demostró a todos sumergido en el frío mar del Norte, me dio la esperanza de volverme tan poderoso como usted y lograr llegar a la tumba de mi madre. Como ya debe estar enterado, las aguas aquí no son profundas. Sólo necesito el poder para penetrar el casquete y la resistencia para soportar el frío. Eso me lo dará el entrenamiento. Es mi motivación, señor.
- Hyoga, - Habló el hombre, cerrando los ojos como si un gran pesar se posara en su corazón. - ¿ves ese oso que se alimenta de esa foca? – Señaló con el dedo.
- Sí, señor. – Afirmó el alumno.
- ¿Y por qué lo ves?
- ¿Señor? – Cuestionó al no entender la pregunta.
- En la sencillez está la claridad, Hyoga. Simplemente responde.
- Pues, porque tengo mis ojos y tanto el oso como la foca muerta están ahí en este momento, señor. – Respondió.
- No, Hyoga, no los ves porque tienes ojos. Ese oso y esa foca llevan ahí cinco minutos, pero recién ahora, que te alerte de sus presencias, lograste verlos. Y, a pesar de eso, siempre haz tenido ojos. – Rebatió el maestro. – Considerando mis últimas palabras, espero una nueva respuesta… ¿por qué los ves?
- Según lo que entiendo, señor, los veo porque tengo la habilidad natural de la percepción… porque tengo conciencia de lo que sucede a mi alrededor.
- Esa es la palabra, Hyoga… conciencia. – Confirmó el maestro. – Ahora te haré otra pregunta, y supongo que aún retienes todo lo conversado… ¿qué es la conciencia?
- Es la habilidad natural de percibir lo que nos rodea, señor. – Contestó con seguridad.
- Bien, Hyoga. – Felicitó. – Ahora te haré la última pregunta antes de concluir esta lección. Después de eso te dejaré alimentarte. ¿En cuántos planos se maneja la conciencia?
- Bueno… - Hyoga dudó claramente. Pensó durante algunos segundos, intentando encontrar una respuesta a tal pregunta que escapaba de todos sus conocimientos. – Me temo que no lo sé, señor.
- Claro que no lo sabes, ya que estás muerto, Hyoga.
- ¿Señor?
- La conciencia del hombre se maneja en tres planos, Hyoga, presente, pasado y futuro. – Comenzó a explicar el maestro. – Si no estás conciente de lo que te rodea y de lo que sucede a tu alrededor, estás ciego. Y si estás ciego de tu alrededor, sólo te espera muerte en el futuro. Hyoga, tu conciencia mora en el pasado, tu conciencia mora con tu madre y su tumba. Incluso si lograses tener poder para llegar a su tumba, eso sólo te pudrirá más, ya que verás en la muerte un logro. Está muerta y nada podrá cambiarlo, ya que es pasado. Y tú morirás en el futuro, Hyoga, ya que tu conciencia y tu atención no están a con tu alrededor, sino con tu pasado. Una persona que vive del pasado, es un muerto inconsciente en el presente. Una persona que vive en el futuro, es un muerto en el presente. Hyoga, viniste a este mundo frío para entrenarte y crecer, pero no le daré entrenamiento a un hombre que morirá, ya que no mal gasto mi preciado tiempo en plantar árboles que no darán frutos. Aprende a vivir en el presente, y recién encontrarás vida. Únicamente llegado ese momento te daré el año de entrenamiento que te resta. Búscame cuando estés listo para crecer, muchacho, o regresa a Grecia junto con tu pasado y tu pequeñez.
Desde atrás, en la distancia, el único humano cercano a millas se le acercaba a paso firme y orgulloso. El alto sujeto, ya percibido por el primero, detuvo su marcha a cinco metros del rubio y le miro por un minuto antes de hablar.
- Levántate, Hyoga. – Ordenó.
- Sí, maestro. – Acató rápidamente el muchacho, dejando su almuerzo para otro momento.
- Dime, muchacho… quiero que me digas, una vez más, por qué quieres concluir este entrenamiento y para qué lo iniciaste.
- Pues, como le dije hace cuatro años cuando llegué a la región, fui enviado por el señor Mitsumast Za-Kido para volverme un caballero. Esa es la razón por la cual inicié el entrenamiento. – Respondió el chico. – Al principio no me agradó la idea pero, al ver en lo que me podría convertir si continuaba, decidí quedarme y dar todo de mí.
- ¿Y por qué? – Preguntó nuevamente.
- Por que, como le dije, hace trece años el barco de mi madre se hundió en estas aguas. – Le respondió el chico. – El día que vi cómo usted partió el casquete polar con sus manos, y la resistencia que demostró a todos sumergido en el frío mar del Norte, me dio la esperanza de volverme tan poderoso como usted y lograr llegar a la tumba de mi madre. Como ya debe estar enterado, las aguas aquí no son profundas. Sólo necesito el poder para penetrar el casquete y la resistencia para soportar el frío. Eso me lo dará el entrenamiento. Es mi motivación, señor.
- Hyoga, - Habló el hombre, cerrando los ojos como si un gran pesar se posara en su corazón. - ¿ves ese oso que se alimenta de esa foca? – Señaló con el dedo.
- Sí, señor. – Afirmó el alumno.
- ¿Y por qué lo ves?
- ¿Señor? – Cuestionó al no entender la pregunta.
- En la sencillez está la claridad, Hyoga. Simplemente responde.
- Pues, porque tengo mis ojos y tanto el oso como la foca muerta están ahí en este momento, señor. – Respondió.
- No, Hyoga, no los ves porque tienes ojos. Ese oso y esa foca llevan ahí cinco minutos, pero recién ahora, que te alerte de sus presencias, lograste verlos. Y, a pesar de eso, siempre haz tenido ojos. – Rebatió el maestro. – Considerando mis últimas palabras, espero una nueva respuesta… ¿por qué los ves?
- Según lo que entiendo, señor, los veo porque tengo la habilidad natural de la percepción… porque tengo conciencia de lo que sucede a mi alrededor.
- Esa es la palabra, Hyoga… conciencia. – Confirmó el maestro. – Ahora te haré otra pregunta, y supongo que aún retienes todo lo conversado… ¿qué es la conciencia?
- Es la habilidad natural de percibir lo que nos rodea, señor. – Contestó con seguridad.
- Bien, Hyoga. – Felicitó. – Ahora te haré la última pregunta antes de concluir esta lección. Después de eso te dejaré alimentarte. ¿En cuántos planos se maneja la conciencia?
- Bueno… - Hyoga dudó claramente. Pensó durante algunos segundos, intentando encontrar una respuesta a tal pregunta que escapaba de todos sus conocimientos. – Me temo que no lo sé, señor.
- Claro que no lo sabes, ya que estás muerto, Hyoga.
- ¿Señor?
- La conciencia del hombre se maneja en tres planos, Hyoga, presente, pasado y futuro. – Comenzó a explicar el maestro. – Si no estás conciente de lo que te rodea y de lo que sucede a tu alrededor, estás ciego. Y si estás ciego de tu alrededor, sólo te espera muerte en el futuro. Hyoga, tu conciencia mora en el pasado, tu conciencia mora con tu madre y su tumba. Incluso si lograses tener poder para llegar a su tumba, eso sólo te pudrirá más, ya que verás en la muerte un logro. Está muerta y nada podrá cambiarlo, ya que es pasado. Y tú morirás en el futuro, Hyoga, ya que tu conciencia y tu atención no están a con tu alrededor, sino con tu pasado. Una persona que vive del pasado, es un muerto inconsciente en el presente. Una persona que vive en el futuro, es un muerto en el presente. Hyoga, viniste a este mundo frío para entrenarte y crecer, pero no le daré entrenamiento a un hombre que morirá, ya que no mal gasto mi preciado tiempo en plantar árboles que no darán frutos. Aprende a vivir en el presente, y recién encontrarás vida. Únicamente llegado ese momento te daré el año de entrenamiento que te resta. Búscame cuando estés listo para crecer, muchacho, o regresa a Grecia junto con tu pasado y tu pequeñez.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario