sábado, 8 de septiembre de 2007

Volviendo al vientre.

…su calidad no tenía precedentes. Colgar de aquel árbol dorado, aquel que nos nutría y nos abrigaba eternamente, dejaba una amarga sensación al considerar la propuesta.
Mirando desde las doradas hojas, vi a mis cercanos crecer lenta y cálidamente. De majestuosa manera, muchos rompían la inercia y la estática, bajando a tierra con la mayor de las dulzuras y encaminándose hacia el horizonte. Los vi durante años, los que pronto fueron décadas, siglos y luego milenios. Perdí el conteo del tiempo en un abrir y cerrar de ojos.
…ellos seguían bajando uno a uno, siempre siguiendo a los que se aventuraban primero.
Tomé mi decisión.
…moví mis brazos y mis piernas, recordando así que mi cuerpo también tenía fuerza… y demasiada.
…mi rama se curvó en un ademán de esperanza, depositándome en tierra sutilmente.
…abrí mis ojos de nuevo, potencié mi espíritu con una bocanada de aire, miré el gris paisaje que tenía por delante… allá donde la noche es eterna, y me dispuse a caminar.
…desde aquel árbol dorado, ese que fue mi primera morada, un río nacía de las gruesas raíces y se perdía en los límites de la vista… ese cause cristalino era nuestro guía hacia el final y el comienzo.
…a paso firme, la multitud que éramos recorrió valles y praderas, ciénagas y pantanos, desiertos de arena y algunos de nieve… siempre siguiendo el río y pendientes del firmamento, el cual pasaba de celeste y puro a rojizo y tenue… muy lentamente.
…cruzado por tantos mundos, manifestándose como un diluido numérico, vimos túmulos aparecer a nuestros costados. De ellos, los cuerpos putrefactos se alzaron con nuestro pasar y nos acompañaron en la marcha hacia la noche. Fuimos cientos… y ahora éramos millones.
…rasgando infiernos, desiertos, campos, lluvia y nieve, llegamos pronto al último de nuestros desafíos… pero no cabía posibilidad de miedo en nuestros corazones. …aceleramos el paso y, tranco a tranco, caminamos descalzos por una alfombra de piedras ásperas, pintando carmesí el tortuoso suelo… recordando nuestros incontables errores y pesares, los que se sentían como una montaña sobre nuestras espaldas.
…pero no nos detuvimos, ni por un segundo lo consideramos. Aquellos que caían eran levantados por manos amigas, y esos que tenían más fuerza alentaban con esperanzadores gritos de guerra al resto de la compañía. Nuestra fe estaba clavada en lo que encontrásemos detrás de lo que ahora era un roquerío.
…cuando los pies dejaron de doler y nuestros sentidos nos advirtieron de la sal en el aire, alzamos la mirada para presenciar el más bello de los mares. ¡Era agua… agua por doquier!
…nuestros pies sangrantes, sobre la arena, y nuestros corazones vitalizados, sobre las olas, sabían que debían esperar algunos minutos más. Y esperamos.
…todo había llegado a su punto máximo… ya no había razón para seguir caminando. Solamente quedaba, tanto para los hijos del árbol como para los putrefactos de los túmulos, aguardar con una sonrisa.
…la eterna noche se vio perturbada y evidentemente amenazada. Las estrellas, vivas como nunca, cayeron como flechas de luz y se perdieron fugazmente detrás del océano, desde donde las tinieblas comenzaron a morir. Estaba amaneciendo.
…cuando el primer rayo de luz solar partió el firmamento, nuestros pies se sanaron milagrosamente y la carne muerta de los que nos acompañaban se volvió piel rosácea y tersa, dejando ver por primera vez la inmensidad de la belleza en sus rostros.
…el Sol se mostró con esplendor, culminando el alba. Las penumbras se desvanecieron y el cielo volvió a ser tan celeste como en los inicios de los tiempos. Y nuestros cuerpos habían sido saneados.
…ya estábamos listos para cruzar el mar.

sábado, 21 de julio de 2007

Soñando dentro de un sueño.

Con lo ojos a medio cerrar y un frío que penetraba en mis poros y entumía mis huesos, vi una batalla sanguinaria de fuego y metal. Flechas que cubrían el cielo y caían como halcones sobre tantos padres de familia… hojas asesinas resplandeciendo antes de hundirse en carne y en gritos… bestias que galopaban con sus jinetes, sin saber la rezón de tal estupidez.
Caminaba con una taza de café en mi derecha y un cigarrillo en mi izquierda, esquivando o simplemente traspasando como un fantasma, a plena luz del día, a las miles y miles de personas que vivían para morir y morían para vivir. Miraba por entre sus ojos y sentía su dolor, su ira y su terror. Ellos expiraban uno a uno en esta frenética campaña mortal, mientras yo moría una y otra vez con cada defunción… mas no sufría.
Cuando mi taza quedó vacía y mi cigarrillo fue llevado por el viento, me aburrí de las posas de sangre y quise despertar.
Abriendo lo ojos lentamente ante el único rayo de luz que se filtraba entre el follaje, recordé bruscamente que mi cuerpo descansaba sobre las ramas de un árbol. El susto instantáneo me forzó a una rápida reacción para sostenerme de la madera, dejando caer de mis manos los papeles y la pluma que cubrían mi cuerpo. Atrapé las hojas con cierta dificultad, pero mi pluma emprendió una suave caída por entre el rocío, yendo a dar a una mano amiga.
La chica, mirándome con sus verdes y esperanzadores ojos, estiró su mano para entregarme mi principal y más letal arma tras una sonrisa cautivante. Estaba desnuda y montada sobre un cornudo caballo azul, al cual le rodeaban cientos más de su especie.
Acepté mi pluma con un ademán de profundo agradecimiento y bandadas de todo tipo de aves aparecieron de la nada para hacer de mi árbol su morada, destacándose un negro y brillante cuervo que se posó en mi pecho para hablarme… “En nombre de Gaia, te doy la bienvenida al ocaso.” El oscuro pájaro levantó el vuelo y la chica saltó ágilmente de su unicornio para sentarse a mi lado. Me miró de una manera indescriptible, dejando ver tantos sentimientos en sus ojos que no pude descifrarlos, pero uno destacó del resto… la pena ajena. Quedando perfectamente anclada a mi cuerpo y cubriéndome con sus largos y rizados cabellos anaranjados, acercó sus labios a mi oído para hablarme en un susurro… “Ya despierta, mi muchacho… que debes volver a dormir.”
Tal mundo desapareció en un santiamén y nuevamente abrí los ojos. Estaba tendido sobre mi cama, con una mano en el corazón y la otra en mi abdomen… el cual crujía del dolor. Me levanté con cierta calma, sin dar gran importancia a los sueños que me perseguían. Abrí mi ventana para respirar aire puro y retomé en mi mente las sanguinarias visiones de la realidad que me atormentaban… y descubrí que mis sueños habían sido remplazados por mi pesadilla, pero ahora el día debía continuar.
…fui por un café.

jueves, 12 de julio de 2007

La última voluntad de un sabio. Bérliod.

XI… Almas en pena.



…¡cuanta impotencia siento!
Sentado en el balcón de mi palacio, junto a mi peor enemigo, y viendo cómo se decapita al único grupo de jóvenes que me ha demostrado fidelidad… ¡y no puedo hacer nada! La incómoda corona que llevo sobre mi cabeza parece una débil fachada de inexistente poder.
“Jóvenes”… sí, jóvenes. Los tres bordean los veinte años y han dado más por su patria que este viejo Rey de setenta, y pagaran con sangre su correcta conducta. No soy digno de llamarme Rey. No soportaría que los historiadores pusieran el título de realeza al lado de mi nombre cuando se escriba sobre este atardecer… este funesto atardecer.
Ya nada queda por perder. Hemos perdido el honor en nuestra búsqueda por salvaguardar la paz de los ignorantes, mi país pronto perderá a tres de sus más fieles guerreros, mi hija perderá a sus tres protectores, mi sobrina perderá al único que ha llamado la atención de su corazón, yo perderé en algunos días tanto a mi hija como a mi sobrina… los dos seres que más amo en este mundo de hienas.
Al ver el espíritu de mi muchacha destrozado sobre el escenario, llorando un mar de lágrimas frías, he perdido también la esperanza y mi fe.
Ya nada queda.
Mi propia vida tiene poco valor ante el resto de mis tesoros… y siento que queda poco.
…¡voy tras de ti, maldito colega!

miércoles, 11 de julio de 2007

Luces en el cielo.

Todo es calma a mi alrededor. Los niños juegan con los niños, los hombres compiten con los hombres, las mujeres fingen sonrisas a las mujeres y los viejos aguardan junto a los viejos. Por el claro cielo las aves planean ante la brisa y recorren libremente el mundo, mientras que por la hierba los perros se revuelcan agitando su cola de felicidad.
El hoy no es muy diferente al ayer, pero la mujer que tomó mi mano para unirse a mi visión sabía que el mañana no sería ni la sombra de este común día.
Juntos quedamos de pie por horas, sintiendo cada sensación posible y atesorándola como lo más preciado de nuestras existencias. Nuestras manos, cansadas de cavar y heridas por el paso del tiempo, se frotaban entre ellas, recordando el tanto tiempo que se esperaron y se extrañaron. Nuestros ojos, que jamás se encontraron, estaban clavados en la enormidad del cielo, viendo pasar las nubes a velocidades impresionantes y al Sol partiendo el cielo en menos de un minuto.
La noche caía y las estrellas ahora nos saludaban con picardía, brillando como jamás les vi hacerlo.
Nuestros sentidos seguían siendo uno. La energía de ella se filtraba en mi aura como si siempre hubiese sido su morada, y mi energía se refugiaba en la suya, sintiendo por fin que regresaba al hogar del cual se le desterró hace tanto.
Las risas como música ambiental, el tránsito acompañándoles y una bulliciosa cuidad que levantaba una orquesta en honor a la vida.
Cayó la madrugada y el silencio vino con ella, haciendo prueba a nuestra paciencia y relajación. Pronto las estrellas se apagaron una a una y el Sol sacó un ojo entre dos montañas rebosantes de nieve. El Astro Rey nos saludó con un ademán de cálidos rayos que cubrieron nuestros cuerpos e inició su cotidiano recorrido de Este a Oeste.
Las personas salieron de sus muros nuevamente, armados con maletines y bolsos de todo tipo. Algunos acompañados, otros en multitud… muchos solos. Como hormigas que cargan sus futuros entre sus manos, pero ignorantes del mismo futuro.
Nosotros lo sabíamos… ya no había razón para caminar ni cargar.
Su mano se presionó fuertemente contra la mía, traspasándome su ruego por voluntad al cual respondí con una caricia. Supimos que el Sol no nos volvería a saludar desde que nos paramos a sentir nuestro mundo, pero la calma y seguridad que nos brindábamos nos hacía sonreír como un par de recién nacidos. Aún no quitábamos los ojos del cielo.
Por entre las nubes, cual ejército potenciado por la ira, se sumaron al firmamento cientos de miles de luces incandescentes. Se nos acercaban imponentes y crecían segundo a segundo, anunciando los cientos de años que viajaron para entregarnos un duro mensaje… el más duro de todos los mensajes.
Pronto los enviados fueron legión, forzando el pavor y la histeria en todo el mundo. La calma se hizo caos, las risas llantos y la tranquilidad desesperación.
Las aves huyeron, los animales se refugiaron sin sentido y los árboles se agitaron en sus puestos para dar ambientación a tal catástrofe.
Nosotros seguíamos mirando al cielo con una sonrisa, pero supimos que ya era el momento. Bajamos lentamente nuestras cabezas y nos enfocamos el uno en el otro. Sus azules ojos brillaban como la más bella de las gemas y penetraron en mi espíritu, así como una lanza ardiente.
Un estruendo destructor de tímpanos… gritos de desesperados hombres… un remesón cataclísmico… luz encandiladora… fuego… destrucción.
Ahora todo era calma eterna… nuestras manos aún estabas firmemente sujetas.

viernes, 6 de julio de 2007

La orgullosa libertad de un ladrón... Cleymuss.

X… Alas plegadas.



¿Cuándo dejé de cumplir las reglas? Ya no lo recuerdo… es tanto el tiempo. Mi memoria me muestra imágenes de mi niñez, imágenes donde mi madre intentaba ganarse la vida dentro de los márgenes de la ley… nunca resultó. Pronto comenzó a robar para alimentarme. Aprendió de una mujer, aunque no me acuerdo de nada de ella. Sólo sé que la atraparon un día y volví a quedar solo con mi madre, pero ahora ella sabía moverse en las calles y, obviamente, no tardó en enseñarme.
Recuerdo que teníamos sólo dos cosas que nunca abandonamos, su daga y mi Espada. Con ellas me enseñó a esgrimir, me enseñó a defenderme y a pararme en el mundo, me enseñó valores como el honor y la lealtad… ella me lo enseñó todo.
Cuando mi madre me dejó, viví con mi tío y él me dio educación, pero no tardó en dejarme también.
A los doce años quedé sólo en el mundo, y no necesitaba a nadie… o al menos eso creía.
Viví de las calles, por las calles y para las calles. Era un ladrón de mercado, y un actor callejero.
También recuerdo la cantidad de veces que me escapé de la Guardia Civil, volviéndome pronto el más buscado en la cuidad.
Mi vida era divertida, a pesar del gran vacío que nunca abandonó mi estómago. Iba a donde quería y hacía lo que quería. Estaba al margen de la ley y mis únicas reglas eran las de moral y ética que mi madre me había inculcado.
No tenía nada que envidiarle a los gorriones que sobrevolaban la cuidad… yo era libre.
Pero todo es un ciclo, y todo ciclo termina por eventualidad o decisión. El mío terminó por ambas.
Cuando vi amenazados los principios que nuestro Rey siempre nos había transmitido, no dudé ni por un segundo en cambiar mi segura estática como simple ladrón por una insegura condición de “traidor”, rompiendo las barreras de “el más buscado de la cuidad” para pasar a ser el más buscado en todo el mundo.
Si no lo hubiera hecho, mi pueblo habría sufrido, mi gente habría muerto y mis tierras se habrían podrido… aunque, la verdad, yo sólo conocía a mi mejor amigo y a la directora del orfanato.
Dejé todo ese día, pero no puedo arrepentirme. Una de las últimas cosas que recuerdo me dijera mi madre era que los guardianes perdían el honor. Ella, a pesar de sus implacables principios, era mi guardiana… y perdió el honor al volverse una ladrona para alimentarme. Si no hubiera hecho lo que hice, jamás me lo habría perdonado a mí mismo. Sabía que sería recordado por los siglos de los siglos como el más cerdo de los traidores y, cuando la historia hablase de mí, sería únicamente para escupir mi recuerdo… pero sentía que era el único en toda la cuidad que podía asegurar los Emblemas y, a pesar de saber que se me llamaría traidor, solamente yo podía se el guardián en ese momento… y perdí mi honor, mas logré mi objetivo y mi gente sigue con vida.
Ahora que estoy maniatado y camino con tres puntas de firmes hojas entre mis costillas hacia el palacio de mi enemigo, sé que moriré. El problema no es la muerte, jamás le temí, el problema es la forma. Me puede arrollar una carreta y no me sentiría mal, me podrían clavar una espada y no me sentiría mal, me puede caer un muro encima y mi temple se seguiría sintiendo bien… pero, de todas las formas de muerte que se me ocurren, jamás pensé que moriría atado de manos.
Se puede dar muerte a un ave a pleno vuelo y se le llama cacería, la misma ave puede ser aplastada por una rama y simplemente es eventualidad… pero matar un ave que está atada de alas es la cosa más inhumana que puede ocurrírseme.
Y, a pesar de morir privado de libertad, lo que más me duele es no poder decirle a ella lo que despertó en mi pecho esa tarde… ¡me odio por eso!
Te amo.