La última voluntad de un sabio. Bérliod.
XI… Almas en pena.
…¡cuanta impotencia siento!
Sentado en el balcón de mi palacio, junto a mi peor enemigo, y viendo cómo se decapita al único grupo de jóvenes que me ha demostrado fidelidad… ¡y no puedo hacer nada! La incómoda corona que llevo sobre mi cabeza parece una débil fachada de inexistente poder.
“Jóvenes”… sí, jóvenes. Los tres bordean los veinte años y han dado más por su patria que este viejo Rey de setenta, y pagaran con sangre su correcta conducta. No soy digno de llamarme Rey. No soportaría que los historiadores pusieran el título de realeza al lado de mi nombre cuando se escriba sobre este atardecer… este funesto atardecer.
Ya nada queda por perder. Hemos perdido el honor en nuestra búsqueda por salvaguardar la paz de los ignorantes, mi país pronto perderá a tres de sus más fieles guerreros, mi hija perderá a sus tres protectores, mi sobrina perderá al único que ha llamado la atención de su corazón, yo perderé en algunos días tanto a mi hija como a mi sobrina… los dos seres que más amo en este mundo de hienas.
Al ver el espíritu de mi muchacha destrozado sobre el escenario, llorando un mar de lágrimas frías, he perdido también la esperanza y mi fe.
Ya nada queda.
Mi propia vida tiene poco valor ante el resto de mis tesoros… y siento que queda poco.
…¡voy tras de ti, maldito colega!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario