El cometa y su amarga copa.
Cuántas estrellas hay en el cielo… ¿diez millones? ¿Mil millones? Billones, talvez.
Podríamos estar sentados mirando el firmamento por décadas sin poder contar ni una ínfima fracción de nuestras luminosas compañeras.
¿Luminosas?... ahí está el punto: ¿Cuántas de ellas brillan de verdad? Más complicado aún.
Todas aparecen, recorren nuestro cielo, dan magia a nuestras noches y luego se esconden, pero ninguna es capaz de decirnos si es opaca o luminosa… ¿nos hace eso vivir en una fantasía cuando admiramos su belleza?
Al final, lo único que rescato como verdadero en ese salpicado lácteo es lo peor: Que nacen algún día, se pasean por sobre nuestras cabezas una y otra vez, y luego mueren.
Lo grandioso de las estrellas es que, cuando dejan de vivir, su destino no se termina. Algunas simplemente se van y no queda ni el recuerdo de su existencia, pero otras brillan acá por algunos cuantos miles de años más… que forma más majestuosa de prolongar su ser después de la muerte.
Por ahí un amigo dice que el hombre debe dejar tres legados: un hijo, un libro y un árbol. Siendo sus hijos los astros que caen de ellas al fallecer, su libro la luz que nos llega por miles de años más y su árbol, qué más podría ser sino su calor constante de vida.
Una estrella entre billones… ese es el contenido sin contenido del asunto.
¿Sabrá nuestra estrella que algún día se apagará? Debe saberlo, y no la culpo por ello… todo lo sabemos.
¿Sabrá nuestra estrella cuándo se apagará?
¿Entenderá alguien a dónde quiero llegar con mi metáfora?
