martes, 17 de abril de 2007

El cometa y su amarga copa.

Cuántas estrellas hay en el cielo… ¿diez millones? ¿Mil millones? Billones, talvez.
Podríamos estar sentados mirando el firmamento por décadas sin poder contar ni una ínfima fracción de nuestras luminosas compañeras.
¿Luminosas?... ahí está el punto: ¿Cuántas de ellas brillan de verdad? Más complicado aún.
Todas aparecen, recorren nuestro cielo, dan magia a nuestras noches y luego se esconden, pero ninguna es capaz de decirnos si es opaca o luminosa… ¿nos hace eso vivir en una fantasía cuando admiramos su belleza?
Al final, lo único que rescato como verdadero en ese salpicado lácteo es lo peor: Que nacen algún día, se pasean por sobre nuestras cabezas una y otra vez, y luego mueren.
Lo grandioso de las estrellas es que, cuando dejan de vivir, su destino no se termina. Algunas simplemente se van y no queda ni el recuerdo de su existencia, pero otras brillan acá por algunos cuantos miles de años más… que forma más majestuosa de prolongar su ser después de la muerte.
Por ahí un amigo dice que el hombre debe dejar tres legados: un hijo, un libro y un árbol. Siendo sus hijos los astros que caen de ellas al fallecer, su libro la luz que nos llega por miles de años más y su árbol, qué más podría ser sino su calor constante de vida.
Una estrella entre billones… ese es el contenido sin contenido del asunto.
¿Sabrá nuestra estrella que algún día se apagará? Debe saberlo, y no la culpo por ello… todo lo sabemos.
¿Sabrá nuestra estrella cuándo se apagará?

¿Entenderá alguien a dónde quiero llegar con mi metáfora?

Comandante en Jefe Jeiz

II... Irónica compañía.



Me sentía extraña sentada junto a él. Esa noche pensé, viéndole dormir como a un niño, lo irónica que era la vida. ¿Qué podía estar haciendo una de las máximas representantes de la ley junto a un sucio ladrón? No entendía qué había visto mi prima en alguien así como para confiarle tanto… ¡por todas las estrellas, se habían conocido sólo una noche atrás!
Para mí no era más que un patán que prefería robar antes que trabajar… bueno, aunque nos había dicho sus motivos y, por más que lo negué… eran ciertos.
No parecía tan hábil ni tan escurridizo enrollado entre la hierba mientras dormía.
Simplemente tenía que levantar mi espada y su carrera como delincuente habría terminado, pero mi prima dio una orden y no tuve más opción que cumplirla. Aunque la verdad es que, con todo lo que lo despreciaba, no se me habría hecho difícil escapar de mis deberes. No sé por qué no lo hice… mi corazón me detuvo, creo. Yo no sabía si era un traidor o un héroe, pero sí sabía que era un ladrón y yo la Comandante de las fuerzas que él violó cientos de veces. Sí, lo despreciaba… y también ese sobrenombre absurdo con el que me llamaba. ¡Que patán más fastidioso! Y con aires de sutileza, para peor. ¡Cretino!
Si tan sólo hubiese podido atacarle… si tan sólo hubiera podido matarle… si tan sólo…

Que bueno que no pude… sin duda ahora sería la mujer más infeliz del mundo.

domingo, 15 de abril de 2007

Princesa Lóridel de Befepia.

I... ¿Traidor, ladrón o héroe?


...era un animal, de eso estoy segura. Las personas seguían sus rumbos ignorándolo ¡y cómo no!, si era una sombra oculta en las penumbras de un callejón. Todos compraban, vendían y trasportaban sus insignificantes mercancías sin prestar atención al ser de mayor trascendencia en nuestra historia... al hombre que lo cambiaría todo... aquel que traería libertad. Yo aún no lo sabía, pero esa silueta perdida en la oscuridad, haraposa y sucia, marcaría mi vida para siempre. Sus polvorientos cabellos caían hasta los hombros y danzaban al son de un molesto viento, y sus ojos eran lanzas que buscaban carne para atravesar. Cada persona del mercado era una potencial víctima de este hábil ladrón, y nadie se sentía amenazado. El mayor don del cazador.
Cuando se movió, mi corazón latió histérico al ver su destreza. El tiempo se detuvo frente a mis ojos y todo se volvió silencio perpetuo.
Corría con felinos reflejos escabulléndose entre las masas, como un pez en un mar de aceite. Era una gacela al saltar... era un ladrón profesional... será un traidor... pero, como pocos hijos de este tierra putrefacta, será también un héroe... el más grande. Desde mi niñez jamás me sentí verdaderamente segura pero, a través de mis rojizos cabellos azotados por la brisa, vi por primera vez a quien me daría esa seguridad... un simple ladrón, un prófugo traidor y el más grande héroe... mi Campeón.

sábado, 14 de abril de 2007

Black

- ¿Has venido por mí? - Preguntó la vieja desde la cama del hospital a un hombre que entraba en la sala.
- No, vieja. No he venido por ti. - Respondió resaltando la indolencia en sus ojos.
- ¡Ay que mal! ¿Entonces por qué has venido? ¿Viniste por alguien más? - Preguntó la vieja sin encontrar respuesta. - Aaaa... ya sé. Viniste por la linda doctora.
- Sí, vieja, vine por la doctora.
- Pero no viniste a llevártela. Viniste porque sientes cosas por ella, ¿no? - El hombre asintió con la cabeza ante las palabras de la anciana. - Perooo... ¿tienes permitidas esas cosas?
- No lo sé, vieja... no lo sé. - Contestó sentándose en una silla que estaba al lado de la cama.
- ¿Y ella sabe quién eres? - Preguntó ahora, sabiendo de antemano cuál era la respuesta... una negación. - ¿¡Y por qué la buscas si no sabe quién eres!? Eso es malo. Ella no puede ir donde tú vas.
- Pero ella me ama, vieja, y sí la puedo llevar conmigo. - Aseguró.
- Ah, pero eso entonces no es amor.
- ¿Por qué no?
- Porque si la amaras respetarías donde está ella ahorita y no la llevarías a un lugar donde aún no debe estar. - Le dijo.
- ¿Y qué es amor entonces?
- Cuando una persona te ama es cuando conoce tus más oscuros secretos y, sin embargo, no le importan. Cuando conoce tus manchas más grandes y las acepta junto a ti... - Le contestó. - Ella no sabe quién eres, ¿cómo podría amarte entonces? Y tú no confías en ella para contarle quién eres, ¿cómo podrías amarla entonces? - La vieja se acomodó en su almohada. - Ya déjate de esas tonteras y mejor llévame a mí. - Dijo en un tono casi de súplica.
- ¡Me lleva! - Exclamó el hombre levantándose bruscamente. - ¡Los que vengo a buscar se quieren quedar y los que pretendo dejar se quieren ir! ¿Ustedes están todos locos?
- Ella es joven y tiene mucho por vivir aún, mientras que yo soy vieja y he vivido más de lo que necesito. - Insistió. - Hace mucho que estoy lista.
- Eso no lo decides tú, vieja.
- He pasado por lo suficiente ya y guardo en mi corazón lo necesario. Ya llévame. No pido nada más... no necesito nada más.
- ¿Crees que tienes suficiente?
- Ella estará bien aquí y tú deberías dejarla. Ya tienes su linda imagen en tu mente y eso lo guardarás por siempre. Es mejor así. Si insistes en pelear por algo que no debe ser, esa linda imagen se hará fea y sucia, mejor sería que la guardaras en tu corazón tal como está... linda. Es mejor así.
- ¿Tú guardas una linda imagen en tu corazón, vieja? - Preguntó el hombre sentándose nuevamente en la silla. La vieja asintió con una sonrisa y sostuvo su mirada en los ojos del berdugo. Éste, entendiendo los sentimientos de la mujer, llevó su mano abierta al maltratado rostro de la vieja. Ambos cerraron sus ojos por algunos segundos y el aire se convirtió en absoluto silencio, quebrado sólo por un leve y frágil suspiro que escapó por los arrugados labios. - Descansa en paz, vieja.

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oooFusión de tres diálogos de "¿Conoces a Joe Black?"